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María Magdalena, apóstol de los apóstoles

La primera estación de este camino de la luz le toco vivirla a María Magdalena, apasionante personaje a quien —me temo— los cristianos no quieren tanto como se merecería, tal vez por miedo al escándalo barato de los puritanos, lo mismo que de ella se escandalizaron los fariseos de su tiempo y, entre los apostóles, Judas.


Pero ¿por que tener miedo a reconocer que la vida de Jesús estuvo rodeada de amor, que el era infinitamente amable y que esta mujer le amo con todo su corazón de mujer? ¿Es que todo amor es sucio y habría que recortar sus puntas por miedo a la suciedad? ¡Pobres los que no crean que puede existir otro amor que el de la carne!


El de Magdalena era limpio. Pero no por limpio era menos total. Mas bien habrá que decir que era total porque no se detenía en la carne. Y llenaba hasta los bordes su corazón.


Por eso, tras la muerte del Maestro amado, andaba como muerta. Había perdido su razón de vivir. Se le había perdonado mucho porque había amado mucho y ahora —muerto él— ya no sabia que hacer con su amor y con su vida. Por eso caminaba como enloquecida por los caminos. Por eso, cuando supo que el sepulcro estaba vacio, no pudo esperar. Los ángeles habían dicho que le verian en Galilea. Pero ¿que sabían los ángeles? ¿Como podía ella abandonar la tierra en que había muerto su amado? ¿Y quien nos asegura que no fue este amor desatinado quien hizo cambiar los planes de Jesús para encontrarse cuanto antes visiblemente con los suyos? Aun la omnipotencia de Dios —dice Bruckberger—parece incapaz de resistir al amor ¡Que gran santa la que fue juzgada digna de ser incorporada enseguida y tan profundamente al misterio de nuestra salvación!

 

Es Juan quien nos describe este encuentro. Pedro y él, tras comprobar que la tumba esta vacia, pero sin haberle visto aun, regresan a casa, conmovidos, impresionados. Aun no han comenzado a creer en la resurrección. Ni el sepulcro vacio ha terminado por abrirles los ojos. Viven aún en el desconcierto. Pero María, que tal vez ha seguido de lejos a los dos apostóles, no se resigna. No le basta la tumba vacia. Le busca a él. Aún no le imagina resucitado. Pero necesita su cuerpo muerto que es ya lo único que le queda en el mundo. Y gira en torno al jardín en que le han enterrado.

 

Y dice el evangelista:

 

"Mientras lloraba, se inclinó hacia el sepulcro y vió a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies de donde había estado colocado el cuerpo de Jesús. Le dijeron ¿Por que lloras, mujer? Ella les dijo Porque se han llevado a mi Señor y no se donde lo han puesto. Y diciendo esto se volvió hacia atrás y vio a Jesús que estaba allí, pero no conoció que fuese Jesús. Díjole Jesús: Mujer ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, creyendo que era el hortelano, le dijo: Señor, si le has llevado tú, dime donde le has puesto y yo me lo llevare. Díjole Jesús: ¡María! Ella, volviéndose, le dijo en hebreo ¡Rabboni! que quiere decir Maestro. Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido al Padre. Pero ve a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. María Magdalena fue a anunciar a los discípulos: He visto al Señor, y las cosas que le había dicho

 

(Jn 20, 11-18)

 

 

Lo primero que nos llama la atención en esta descripción es que es todo menos un relato construido artificialmente para impresionar o conmover al lector. Es más bien una descripción torpe, tartamudeante, que retrata lo embarazoso de la situación. Y María no es la loca, exaltada y estallante de fe, que nos suelen describir. Es mas bien una mujer atontada, golpeada por la desgracia tan fuertemente que de su cabeza sólo salen ingenuidades. Cuando los discípulos se van, ella se obstina en quedarse allí, pero no porque espere algo concreto, sino por simple desconcierto. No se queda ni dentro, ni fuera de la tumba, no busca, no indaga. Llora, como una pobre mujer que no sabe ni lo que dice ni lo que hace. Su cabeza esta vacia de tanto llorar.


Y no piensa en absoluto en la resurrección. Con esa falta de lógica de los humanos, parece obstinarse en la explicación mas tonta. La tristeza no le deja reflexionar, pero tampoco esperar. Y, cuando se encuentra con dos personajes extraños en la tumba, no muestra ni susto, ni alarma. Le parece natural. No les pregunta quienes son ni que hacen allí. Se le ha metido en la cabeza la idea que alguien ha robado el cuerpo y parece no pensar mas que en eso. Por ello no ve en los angeles el esplendor señalado por Mateo (28, 3). Les toma por dos personas que han venido a llevarse el cuerpo. Ahora no es ni la apasionada de la casa de Simón el fariseo, ni la contemplativa sosegada, es solo un corazón sensible y apasionado hundido en la oscuridad. No ve. O ve sin ver.


Por eso, cuando a sus espaldas, fuera del sepulcro, oye unos pasos y se vuelve, no reconoce a Jesús. Le contempla a través de sus lagrimas y de su tristeza y piensa que debe de tratarse del jardinero de José de Arimatea. Oye como se dirige a ella en tono respetuoso, como si se tratara de una gran señora. Pregunta el por qué de esas lágrimas. Y ella responde con el mismo tono de deferencia. «Señor» le llama. En su imaginación ha pensado que tal vez, siendo de Arimatea el sepulcro, han creído que el cuerpo de Jesús estorba y que el préstamo del sepulcro no fue definitivo.


No se plantea aún la hipótesis de que Jesús haya resucitado, sólo quiere tener su cuerpo para enterrarlo dignamente. Y, sin preguntarse si podría hacerlo ella sola, pide —con su mente confusa— que se lo devuelvan, como si se tratase de un pequeño objeto que ella sola pudiera manejar.

 

Jesús se deja conocer entonces. Y tampoco ahora Juan usa el melodrama. Pone en labios del Resucitado algo tan simple como un nombre familiar dicho de un determinado modo. Y basta ese nombre para penetrar las tinieblas que rodean a la mujer. Desaparecen miedos y temores y se abre paso una fe esplendorosa.


Ahora sí siente María que caen todas las barreras. Se arroja a los pies de Jesús como hiciera en el convite en casa de Simón y comienza a besar y abrazar sus pies descalzos. No dice frases solemnes, sólo el dulce y respetuoso título de «Maestro».


Luego, la mujer se convierte en mensajero de lo que ha visto. No dice simplemente que él ha resucitado. Cuenta que le ha visto y trasmite fielmente y sin exaltaciones su mensaje para los apóstoles.


Creo que ahora debemos detenernos un momento para medir la trascendencia de esta escena. Y será bueno hacerlo contando aquí las vacilaciones con las que santo Tomás comenta la escena en su Suma teológica.


¿Cómo es posible —se pregunta— que Cristo empiece apareciéndose a una mujer si Cristo se muestra a quienes han de convertirse en testigos de su resurrección y san Pablo parece excluir a las mujeres de este testimonio? ¿Si la mujer —insiste— no está autorizada a enseñar públicamente en la Iglesia, cómo se encomienda a una mujer este máximo testimonio? Y se responde santo Tomás a sí mismo: Cristo se apareció a mujeres para que la mujer, que había sido la primera en dar al hombre un mensaje de muerte —con Eva— fuera también la primera en anunciar la vida en la gloria de Cristo resucitado.

 

Para eso explica san Cirilo de Alejandría: «La mujer fue antaño ministro de la muerte, también ella es la primera que percibe y anuncia el venerable misterio de la resurrección». Ahí el sexo femenino ha obtenido la absolución de la ignominia y el rechazo de la maldición.

 

Pero santo Tomás dice aún más:

 

Se ve al mismo tiempo con eso que, en lo que concierne al estado de gloria, no hay ningún inconveniente en ser mujer. Si ellas están animadas de caridad más grande, gozarán de gloria más grande obtenida con la visión divina.

 


¡Lástima que la teología no haya caminado más por este camino! Lástima que no se haya predicado más veces ese título de «apóstol de los apóstoles» con el que la tradición de los dominicos alude a María Magdalena.


Y qué gozo descubrir que Cristo reserva la primicia de su gran noticia para esta pecadora de la que tuvo que arrancar siete demonios.¡Qué largo camino el recorrido por esta mujer que un día abrazó y regó con sus lágramias los pies de Cristo y que ahora vuelve a abrazarlos resucitados!


«No me toques» le dijo Jesús. O más bien, como gustan de traducir ahora los especialistas: Deja ya de tocarme. Y entonces Magdalena descubre que, definitivamente, su amor es ya un amor por encima de este mundo y, como concluye Bruckberger, deja alejarse a su Amado, y en esa privación está el más hermoso homenaje de amor que una mujer haya hecho a un hombre.

 


José Luis Martín descalzo

Vida y Misterio de Jesús de Nazaret,

T.III, paginas: 390-393

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